La escritora y periodista argentina estuvo en la 16º Feria del Libro de Corrientes. Realizó días atrás una disertación titulada Homenaje a Jorge Luis Borges: cómo y por qué leerlo. En medio de la efervescencia mundialista, hablamos de los asados de la selección y haciendo una comparación con la literatura recomendó algunos cortes literarios. En esta entrevista hubo otros temas como periodismo, escritura, lectura, Borges y mucho más. Escuchó cada pregunta pero también hizo las suyas, ¿vos qué decís? ¿hay que pasar por Borges o no?
Por Paulo Ferreyra
Edición de texto Patricia Galván
Silvia estudió en Suiza y cursó estudios de Filosofía y Letras, Economía y Ciencias de la Comunicación (UBA). Tradujo películas de Godard, Chabrol y textos de Cocteau, Deleuze y Todorov. Dirigió documentales sobre Manuel Puig, Arturo Pérez-Reverte y Carlos Fuentes. Condujo y tuvo segmentos en programas de radio, hizo programas de televisión en Canal A y en Canal Encuentro, fue editora durante siete años del Suplemento Literario de El Cronista Cultural y de la sección de Literatura y Ensayo de la Editorial Norma. Publicó los libros Cuentos reales (2004, coautoría), las novelas La espina infinitesimal (2005), Elecciones primarias (2012), Ginebra (2018) y Vengo a buscar las herramientas (2021). En 2027 tendremos en librerías su nueva novela. De sus libros publicados, ni uno estaba disponible en la 16° Feria Provincial del Libro de Corrientes. Recorrí siete librerías —de nuevos y usados—, en ninguna había uno solo de sus libros.
En el campo del periodismo cultural, hay personas que abren puertas al conocimiento. Silvia Hopenhayn es una de ellas. Por ejemplo, cuando dirigió el suplemento cultural del diario El Cronista. Gracias a ella conocimos a Sergio Pitol, escritor del que casi nadie habla, salvo la escritora Valeria Luiselli quien en contadas entrevistas lo nombra como un referente. De hecho, también busqué sin éxito libros de Sergio Pitol en la Feria y tampoco encontré.
Nos encontramos con Silvia en un bar en Corrientes. Ella con un café en manos, su entrevistador con una ginebra —quizás, es irrelevante el dato. Comenzamos la charla sobre periodismo y literatura.
—Viviste a finales de los 80 y comienzo de los 90 una época de oro del periodismo cultural, ¿cómo fue aquel momento?
—La historia tiene sus oleadas. Quizás el auge que viví pueda resurgir pronto. El apogeo que viví es de finales de los años 80 y los 90. Antes, en los años 60 hubo un gran auge con las revistas que tenía la Argentina. En mi caso entré en lo que sería el periodismo cultural de los suplementos de los diarios argentinos.
Hubo un tiempo en que la fuerza estaba en las revistas y en algunos suplementos culturales clásicos como de La Nación y Clarín. En mi caso empecé justamente creando un suplemento cultural en un diario comercial. Empecé en El Cronista Comercial que competía con Ámbito Financiero por los números. De repente al dueño, Eduardo Eurnekian, le pareció divertido crear un espacio importante para la cultura. Como buen empresario, tiene un pequeño margen para audacias que no puede controlar. Bienvenido lo que no se pueda controlar.
Entonces, empecé a armar ahí un suplemento que llegó a tener dieciséis páginas semanales color. Era una locura. Todas las semanas había que generar dieciséis páginas que, además, trabajaba con un tema de tapa que se propagaba en las páginas interiores con una entrevista fuerte.
El propio hecho de contar con esa audacia producía un efecto convocante. Entonces, tomaba el teléfono y llamaba a Arturo Cabrera Infante en Inglaterra y le decía: "¿Podría darnos una entrevista para un diario que saca un suplemento?" Bueno, así mismo estaban vivos escritorazos nuestros. En aquellos años estaban vivos Bioy, Piglia, Saer.
Me acuerdo que para una tapa armé un asadito, como dice Scaloni ahora, hay que hacer un asadito para que las cosas salgan bien. Armé un asadito con Piglia y Saer para tramar una conversación. Todo ese asado y esa tarde se convirtió en la tapa del suplemento y adentro tres, cuatro páginas más.
—Otra época en la que se generaban muchos encuentros.
—Totalmente. El espíritu era producir acontecimientos de diálogo. El diálogo no era una videollamada o un zoom. Buscábamos hacer esto, un encuentro presencial, esto que estamos haciendo vos y yo ahora. Eso no se va a perder nunca. Tengo fe que eso no se va a perder nunca.
Aquello fue una época muy linda porque también se me combinó en mí la situación de los tres medios. Hacía el suplemento cultural del Cronista, tenía una columna en Radio América y además tenía programas de televisión, de libros, en Canal A. Era un combo fabuloso para jugar y barajar ideas, lecturas, encuentros. Fue un momento de oro extraño.
También fue extraño aquel momento porque coincidía con el menemismo. En general los suplementos culturales o las cuestiones que tienen que ver con la cultura —no sé por qué— prosperan cuando el poder es un desastre.
—Ahora mismo se generan cosas ya a nivel mundial, tanto que hasta Dua Lipa recomienda libros.
(Nos reímos. Silvia hace una pausa. Sonríe y toda ella es un prisma de la literatura. Vuelve la taza a la mesa. Un segundo nos dura el silencio que se ahoga por los murmullos del bar).
—Uno no sabe qué decir de Dua Lipa en el sentido de que está bueno que promueva libros, porque además son buenas obras. Está promoviendo novelas geniales. Además, es encantadora. Me daría miedo que recomiende malos libros.
—¿Por ejemplo?
—No voy a dar ejemplo. Podría hablar de libros que acarrean grandes lectores o que provocan mucha lectura. Hoy en día por ejemplo, los booktuber ¿Está mal o está bien? Esta es una pregunta para hacerse porque no hay que perder el contacto físico con el libro.
Después de ese contacto viene el contenido del libro, pero si vos cortás ese contacto con el libro y te vas al celular o a los videojuegos o lo que sea, ¿cómo volvés al libro? Después nos preguntamos, ¿qué libros? ¿Qué se lee?
— Ya que estamos hablando de libros y volviendo a los suplementos culturales, ¿se perdió la crítica literaria? ¿Lo que queda está en las redes?
—Hay algunos lugares donde se puede ejercer la crítica. Yo misma trato de ejercer la crítica, no la crítica bibliográfica en el sentido más estricto ni tampoco en el más banal. El más banal sería me gusta o no me gusta como se hace en las redes. Además, en las redes se ve mucho esto de poner notas, este tiene un siete, tiene un ocho, tiene un diez. Eso no es análisis.
Pero quedan algunas revistas importantes como Otra parte o Panamá. Quizás la tuya propiamente escrita. Para mí es necesario el análisis crítico. No críptico sino crítico.
—Todo se volvió más virtual en ese sentido, ¿los grandes medios nacionales y porteños dejaron de tener peso en la crítica literaria?
—En general en las redes, salvo revistas o blogs, son recomendaciones. Tampoco veo que haya crítica. Puede ser gente piola leyendo libros que hacen una recomendación oral. Lo que se perdió es la crítica escrita. La crítica escrita es un género. Están promovidas por Piglia o el propio Borges, y si me preguntás, Borges era muy libre para escribir.
Si leés los ensayos de Borges son ensayos en primera persona, las críticas son desde su pasión. Se puede hacer crítica desde la pasión. No hace falta tener a Harold Bloom atrás o alguna referencia ineludible académica.
Escritora
Silvia Hopenhayn sigue en el campo del periodismo. Tiene una columna semanal en el diario Perfil y sus columnas pueden leerse en otros medios. Pero además desde hace varios años comenzó a publicar sus propios libros de cuentos y novelas.
Sobre ese pasaje de entrevistas y dialogar con escritoras y escritores a convertirse en escritora comentará que es la doble cara de la lectura.
La lectura tiene una doble cara que es profusa o profunda. Te da las herramientas para escribir porque si no no podés escribir o hacer periodismo escrito. Al mismo tiempo, si leés mucho y gozás mucho con la lectura te inhibe. Porque decís, "¿Para qué voy a escribir? Si estoy leyendo este cuento de Silvina Ocampo y no lo podría hacer mejor”.
Silvia dice que para escribir se ampara en el cuento Pierre Menard, autor del Quijote de Borges. “Me amparo en ese cuento para escribir. Como diciendo: "Cervantes escribió el Quijote, pero también lo intentó escribir Pierre Menard en el siglo XX. Bueno, yo podría intentar escribir Eizejuaz de Sara Gallardo. Jugando con eso y nunca pretendiendo lograrlo”, afirmó.
Jorge Luis Borges
—Llegaste a Corrientes para hacer una charla sobre Borges, ¿es necesario leer a Borges? ¿por qué?
— ¿Vos qué decís? ¿hay que pasar o no? ¿o se puede no pasar?
— Pero acá vos sos la entrevistada y yo pregunto.
— Bien. Ahora te responde. Pero te pregunto a vos, ¿vos qué decís? ¿Hay que pasar por Borges o no?
— En mi caso te cuento que entré a Borges por la poesía. Ahí me quedé. Es una puerta inagotable. Tengo el libro de poesía completa de Borges así que cada tanto lo tomo, lo abro y donde abra me dice algo. Es como un oráculo que vive conmigo y cada vez que voy a él me dice algo.
—Bueno, coincido con vos. Borges tiene esa cualidad muy particular que te impacta lo que leés. Después viene otra cosa, no se puede contar un cuento, no es tan fácil contar un cuento o un poema o un ensayo escrito por Borges, es difícil de contárselo a otro.
Esa dificultad de contar cómo es un poema o un cuento se debe a cómo Borges te cuenta o te dice algo. Esto de no poder contárselo a otro hace que también a una se le olvide, y vuelvas, y abrís, y está de nuevo la sorpresa. O sea, para mí Borges es maravilloso si una puede pasar por Borges, olvidarlo y volver a pasar, olvidarlo y volver a pasar y así infinitamente.
—Artes de la charla que realizaste en Corrientes, Ramón Blanco expresaba: “Dicen que Borges es difícil y aquí Silvia viene a alentarnos a leerlo”, ¿de dónde viene eso de que Borges es difícil?
—Borges, incluso por cuestiones ideológicas, ha sido dejado de lado. Borges tiene eso de que es difícil pero hay que animarse y hay que meterse. Ya que estamos en clima de mundial y todos hablan del asado de Scaloni, vos tenés distintos cortes de carnes, algunos son más duros pero son sabrosos. Si te vas al lomo es refácil. Te invito a que tomes también otros cortes y vas a descubrir que son muy sabrosos.
En Borges aparecen muchas nociones filosóficas de este mundo y referencias bibliográficas. Si uno como lector se intimida frente a la referencia pensando "uy, yo no leí todo lo que Borges está citando". Ahí ya es un problema de que te sientas inseguro de vos mismo. Ahora, si lo leés diciendo "uh, yo no conozco nada de lo que cita, pero bueno, lo voy a leer igual". Ya está, entraste.
Leer es historia y es devenir
En programas de radio, en televisión o escribiendo, Silvia Hopenhayn siempre está inyectando lecturas. Desde hace varios años lleva adelante talleres de lecturas tanto de forma virtual como presencial, Clásicos no tan clásicos. Gracias a ella —se lo digo ahora por escrito— me animé a leer a Macedonio Fernández y su novela Museo de la novela de la Eterna.
Pero ¿qué es leer? Para ella es devenir. Durante la charla se le vino esa palabra y ahí se quedó rumiando. “Es devenir y es historia. Creo que leer tiene esa gracia —amplificó—, es historia porque es todo lo que los seres humanos pensaron, escribieron, imaginaron a lo largo de siglos y es devenir porque al leer somos los que vamos a seguir escribiendo, imaginando y pensando, aunque no publiquemos ningún libro pero hablamos con lo que leemos”.
Claro, teniendo a Silvia de frente, cabía la siguiente pregunta.
—¿Hay que leer? ¿Es necesario leer?
—Mirá, ya si me lo preguntas de esa manera ahí incluso recomiendo leer cuando las personas están en crisis o con ataque de pánico. Porque si hay algo que se desarma con el ataque de pánico son las referencias, te quedas como en un lugar.
Lo único que es como la vida es la lectura. La vida es paso a paso. Yo no puedo estar ahora durmiendo en mi cama o tomando un whisky, estoy con vos charlando y estoy bien, no pasa nada, pero no se puede hacer zapping con la vida. No puedes scrollear la vida. No puedes editar la vida.
Tenés que vivir paso a paso, no queda otra, por eso leer es lo único que se parece a la vida. Tenés que leer palabra por palabra para que la frase se vaya armando.
La libertad bien entendida
—Entre las lecturas que recomendás está Don Quijote, ¿por qué?
—Por el mismo motivo que el Quijote le impactó a Borges y a tantos otros. Carlos Fuentes decía que lo leía cada dos años. En mi caso particular, para darle un poco de afecto, mi padre me lo leía todas las noches cuando yo era chiquitita. Mi padre me leía un capítulo por noche, son capítulos cortos.
Además, son capítulos divertidos que los puede escuchar una niña. Yo los escuché y después volví de otra manera y con ese sustento emotivo.
El Quijote es una fórmula de vida. No solo de lectura. Yo creo que ahí está la clave. Cuando una dice: "Hice una quijotada”. No es solamente una locura, porque no son locuras las de Don Quijote, son aventuras.
Además, es una novela sobre la libertad, pero no la libertad en términos de Milei. Es más, te diría que es la libertad no individual. La libertad no individual. Es la libertad de uno para los otros. Es la libertad de uno en poder hacer lo que quiera con tal de hacerles bien a los otros. Es una libertad rara la de Don Quijote. No es la libertad para mí. Es la libertad para mí, pero para que yo haga que los otros estén bien sin ser cristiano sino literario.
Leer a Borges
Para hacer honor a la charla que tuvimos con Silvia Hopenhayn queda aquí una síntesis apretada sobre su respuesta e insistencia de leer a Borges. “Es un autor "sentimental": detrás de su inteligencia, su erudición y su maraña de referencias y citas (que a veces funcionan como una "telaraña para que no veamos a la araña"), late un deseo profundo y un sentimiento. Hay que leerlo sin miedo, libremente y sin prejuicios: No es necesario ser un erudito ni conocer todas las citas que aparecen en sus textos. Muchas de sus referencias o la inclusión de autores apócrifos (como en Pierre Menard) son parte de un "chiste" o juego de Borges. Hay que entregarse a "no saber" y a ser un "desocupado lector" en término de Cervantes. Es decir, a desalojar la mente y crear un espacio vacante para recibir lo nuevo y lo distinto”. Además, como si fuera poco, Borges hizo lo argentino universal y lo universal argentino: Borges tomó elementos de la historia y la literatura argentina profunda —como la figura del cautivo o el tema de las Malvinas— y los elevó a una dimensión universal, al mismo tiempo que argentinizó los grandes temas universales.




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